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La partitura más cara de la historia

JESÚS RUIZ MANTILLA,

El País (Andalucía)

29 noviembre 2016


Cuando Gilbert Edmund Kaplan, un joven de 24 años que aspiraba a convertirse en un economista de Wall Street, escuchó por primera vez la Segunda sinfonía de Mahler no pudo dormir. Se apresuró a comprar las 17 versiones grabadas hasta entonces. Años después se hizo con la partitura original de Resurrección. Ahora, el manuscrito está a punto de convertirse en la obra musical más cara de la historia, cuando salga hoy a subasta en Sotheby’s de Londres. La firma espera que su precio supere el récord de 3,6 millones de euros que desde 1987 tiene Mozart por un puñado de sus sinfonías.

En abril de 1965, uno de sus amigos arrastró a Gilbert Edmund Kaplan a un ensayo de la Segunda sinfonía de Gustav Mahler en el Carnegie Hall, de Nueva York. Por aquel entonces, Kaplan no aspiraba más que a convertirse en un economista de Wall Street y estaba a punto de fundar una revista, Institutional Investor, que en 1984 vendería por unos 71 millones de euros. La música, a esas alturas, con 24 años, le resbalaba, según cuenta el periodista y estudioso Norman Lebrecht en ¿Por qué Mahler?.

Pero después de escuchar aquella Resurrección, Kaplan no pudo dormir. Compró las 17 versiones que se habían grabado hasta entonces y se convirtió en un curioso director de orquesta que ofrecía consejos financieros a cambio de revelaciones musicales. Años después, se hizo con el manuscrito original de la partitura, que compró a la Fundación Mengelberg, donde Alma Mahler lo había depositado en 1920, que interpretó ante el público de Nueva York o Salzburgo.

Esa copia está a punto de convertirse en la obra musical más cara de la historia cuando hoy salga a subasta en Sotheby’s de Londres y, probablemente, alcance los cuatro millones de euros. De ser así, habrá superado el récord que desde 1987 mantiene Mozart por los manuscritos de un puñado de sus sinfonías, vendidos por 3,6 millones.

Simon Maguire ha sido el encargado por la casa de subastas de pasear desde julio el manuscrito por todo el mundo. “He viajado para mostrarlo a Hong Kong, Viena, Nueva York y Hamburgo, donde la compuso Mahler”. La partitura tiene 232 páginas

tal y como las dejó el maestro. “Se trata de una pieza única, singular. No suelen subastarse obras completas; más bien movimientos o pasajes sueltos de composiciones musicales. Por eso constituye toda una oportunidad y por eso hemos anunciado su salida con tanta antelación”, dice Maguire a EL PAÍS.

Aparte de constituir una de las sinfonías más monumentales y cruciales de todos los tiempos, esta obra larga, cercana a la hora y media de duración era, según Mahler, autobiográfica: “Quien escuche atentamente mis dos primeras sinfonías entenderá toda mi vida”, afirmaba. También su carácter, el de un genio imprevisible que llamaba la atención en los cafés cuando revolvía las tazas con su puro. Quienes trataron al compositor, en su día también el director de orquesta mejor pagado en el mundo, lo consideraban intenso, atormentado, visionario, claramente adelantado a su tiempo.

De hecho, si se bate el récord mozartiano y la obra de Mahler llega a las cifras que prevé Sotheby’s, no cabe duda de que se refuerza simbólicamente la idea de que esta es su época y no la que le tocó vivir, entre 1860 y 1911. “Sin duda, alcanza una relevancia única en el presente”, opina Lebrecht. “Su Segunda sinfonía, además, es la gran obra que pone de manifiesto su lucha vital. Tardó seis años en finalizarla y a lo largo de ese tiempo se obsesionó con el significado de la vida y la muerte. Tenía 29 años cuando comenzó y ya podría considerarse un hombre maduro al acabar”, cuenta su biógrafo británico.

La condición humana

Se trata de una sinfonía que, según él, desafía la razón. Consigue aliar la trascendencia con una idea de confianza en el hombre, cualquiera que sea su creencia. Resurrección viene a decir, según Lebrecht, que “no hay nada que quede fuera del alcance de la humanidad”. Mahler lo supo desde el momento en que, en su periodo de Hamburgo, a base de levantarse a las siete de la mañana para componerla tras una ducha de agua fría diaria, logró terminarla no sin pocos desalientos y bajones de ánimo.

Pero el mensaje siguió su curso futuro y pocas obras han resultado tan reveladoras o capaces de transformar a tantas personas como esta Segunda sinfonía. Simon Rattle, actual titular de la Filarmónica de Berlín, decidió también dedicarse a la música cuando su padre le llevó a escucharla. Fue la composición que eligió Claudio Abbado cuando, tras ser desahuciado por un cáncer, se recuperó y volvió a reaparecer ante el público con esta obra, en Lucerna.

Kaplan dedicó vida y recursos ingentes a estudiarla. Consiguió incluso grabarla con la Filarmónica de Viena y después de llevar a Lena, quien sería su esposa, a escucharla en su primera cita, fue ella misma quien le alentó a seguir con su obsesión en torno a la obra.

El español Gustavo Gimeno, alumno aventajado de Abbado, Mariss Jansons o Bernard Haitink —todos ellos referencias en Mahler como batutas—, cree que es el compositor más atractivo que ha existido. “¿Por qué? Aparte de que los jóvenes músicos se lanzan a él, su música nos habla, reflexiona y cuestiona todo aquello que pertenece a la condición humana. Nos plantea esas cuestiones de manera más directa, visceral, teatral y descriptiva que otros”.

Su ciclo sinfónico completo —10 obras— revela todo ello, además de un pálpito ultracontemporáneo. Pero en la Segunda Sinfonía, además, “su personalidad, técnica competitiva, innovación, experimentos, relación con el pasado y el futuro… es como en el fondo toda su obra, una reflexión sobre la vida, y obviamente, sobre la muerte”, afirma Gimeno, actual titular de Filarmónica de Luxemburgo. Una obra que se expresa elocuente donde acaban las palabras: “Con su propio sonido”, añade el director español. Aquel que prosigue el lenguaje de las emociones cuando el alfabeto no alcanza a ir más allá…


Última modificación: martes, 29 de noviembre de 2016, 09:55